Opinión del Rector

Cristóbal Trujillo Ramírez


Publicaciones en La Patria

Con rostro de maestros

Enero 22, 2021

Luego de un extraño receso, regresa el año escolar y con él un manojo de incertidumbres que presagian que este será otro año de complejidades iguales o más severas que las del anterior. Prueba de ello es la gran discusión que se da hoy en todo el territorio nacional acerca de la posibilidad de activar el regreso a la escuela sobre el modelo de alternancia que ha definido el Ministerio de Educacion Nacional: polémicas, discusiones, argumentos en uno y otro sentido, oposición radical de Fecode, y en el medio, los estudiantes y los padres de familia en una total desorientación.
Quiero compartir lo que pienso no solo como padre de familia, sino también como rector y maestro que lleva incrustada entre la piel y el alma una inagotable pasión por la escuela. Empiezo por señalar que, según el Ministerio, las entidades territoriales deberán evaluar y certificar la viabilidad del retorno luego de revisar el comportamiento de tres variables: los índices de ocupación de las UCI, los niveles de contagio y la densidad poblacional.
En un municipio, estas variables tienen un comportamiento similar en todos sus colegios. Esto significa que, en primera instancia, las autoridades municipales o departamentales son, según el caso, las que posibilitan o niegan el retorno escolar. Si lo autorizan, los gobiernos escolares, a través de sus consejos directivos, evaluarán las condiciones particulares de la institución, tales como: equipamiento, logística de seguridad, condiciones de salubridad, dotaciones de bioseguridad, preexistencias de los docentes, y ejerciendo la autonomía consagrada en la Ley 115 de 1994, tomarán una decisión específica y particular para la institución educativa; pero si la entidad territorial no viabiliza el retorno, el consejo directivo y los órganos del gobierno escolar no tendrán posibilidad de actuación alguna, y creo que es el procedimiento más conveniente para asumir las responsabilidades públicas frente a una decisión tan compleja.
Más allá de estos protocolos, hoy quiero invitar a los maestros, directivos y empleados de la educación a ir más allá de los lineamientos técnicos. Sea de manera presencial, virtual o en alternancia, la labor educativa trasciende cuando nuestra tarea docente la hacemos de cara a nuestros estudiantes, quienes sin vacilación alguna reconocen el rostro de un maestro. En el año 2003 el país discutía la conveniencia o no del Decreto 230, mismo que implantó la promoción automática; para entonces se dieron cualquier cantidad de foros, seminarios, talleres, tertulias, investigaciones, tesis, en fin, los más refinados académicos tomaron la palabra en este espinoso tema.
Recuerdo que le preguntaron a doña Teresa, una sencilla y humilde profesora de primaria de un pueblo abandonado de Colombia, qué pensaba sobre dicho decreto y cuál sería su afectación en la calidad de la educación. Dijo con sabiduría infinita: “A mí no me preocupan los decretos ni las resoluciones, a mí me preocupa cuando no sea capaz de mirar a mis alumnos con pasión de maestra, mientras así lo haga no importa el número del decreto o si lo han cambiado; yo seguiré haciendo lo que como maestra me dicta el corazón. ¿Y saben qué es? Atenderlos con amor, compromiso y vocación; un maestro, no un profesor, que así actué, jamás estará equivocado”.
Creo que esta respuesta nos viene muy bien para estos tiempos. Si como verdaderos maestros nos ponemos de cara a nuestros estudiantes y a sus necesidades, lograremos marcar sus almas y sus corazones para siempre; es la gran oportunidad de escribir memorables notas en la bitácora de sus vidas, poco o nada importa en la vida de un ser humano si la gran lección de su maestro estaba o no en los lineamientos curriculares o bajo qué norma se determinó. Lo que importa y trasciende en la vida de nuestros estudiantes es que la escuela y su maestro sean compañeros en el viaje de la vida. Y cuánto más si este se da en condiciones de adversidad y turbulencia.
¡Maestros: bienvenidos al vuelo 2021!


Las aulas de vida

Febrero 5, 2021

“Rector, le escribe Patricia, la mamá de Jesica del grado X. Estoy desesperada. Me encuentro fuera del país tratando de generar ingresos para darle bienestar a mi niña, quien se encuentra muy afligida y hace poco atentó contra su vida. Es muy poco lo que puedo hacer desde aquí, por lo que acudo a usted para que me ayude y para que ustedes desde el colegio sean para mi hija la familia que no tiene en este momento y que tanta falta le hace, a tal punto que ha pensado en dejar de existir”.
Este es el relato de una madre desesperada que desde la distancia y ante la impotencia propia que rodea la situación, le pide a la escuela y a sus maestros que le ayuden a atender el problema vital de su hija, el cual no pasa precisamente por las matemáticas, las ciencias sociales o los idiomas, ni por ninguna lección de las áreas obligatorias u optativas. Se trata de lecciones más complejas que no hacen parte del currículo formal de la escuela: la desesperanza, la tristeza profunda, la angustia existencial, el desamor, la soledad, la pobreza afectiva y todas aquellas condiciones que laceran profundamente la salud mental y emocional del ser humano.
Considerando la complejidad del asunto, el rector, impactado emocionalmente, se entrevistó con Jesica y encontró a una niña profundamente sola, triste y sin hálito alguno para existir. Un cuadro de un desconsuelo absoluto que tendría que convocar la atención de cualquier maestro como efectivamente sucedió con el rector, quien intentó un complicado diálogo con Jesica. Ella, en medio de su inseguridad, apenas meneaba su cabeza tímidamente sin balbucear palabra alguna. Luego de muchos esfuerzos provocados por su denodado interés, el rector logró arrebatarle a la estudiante la causa de su profunda tristeza: “Desde febrero mi mamá tuvo que viajar a otro país a conseguir trabajo, en marzo empezó la pandemia, a los ocho días murió mi mascota y vivo sola con mi abuela, que tiene problemas mentales”. Durante esa corta pero intensa narración, Jesica lloró ininterrumpidamente y desnudó el dolor de su alma, seguramente buscando compasión. Para culminar la historia, la escuela activó todas las estrategias de atención para la niña y mantiene un seguimiento permanente del caso, agotando todos los medios institucionales e integrando algunas posibilidades externas.
He planteado este caso no solo por su marcado interés, sino porque probablemente existen muchos casos en la escuela que no conocemos o que, incluso siendo conocidos, son ignorados porque no resultan ser responsabilidad de nadie. La familia, si es que existe, dice que un problema semejante debe ser atendido por la psicóloga del colegio, mientras la institución plantea que es un asunto de disfuncionalidad familiar. Pienso que todos los maestros y escuelas tienen un compromiso con las realidades que atentan contra la salud psicológica y social de los niños. La familia, el Estado, la sociedad y la escuela están en la obligación no solo de garantizarles a los niños su salud mental y emocional, sino también su bienestar físico. Esto pareciera obvio, pero lamentablemente no es así. Estamos en un país y ante una sociedad que no protege los derechos de los niños, los atropella, los arriesga, los violenta, los abandona, los expone y los maltrata.
Profes, la lección más importante en el pénsum de la vida del ser humano es su propia felicidad. Al iniciar este nuevo año escolar les dejo algunos interrogantes que espero nutran la preparación de sus clases, cualquiera sea la asignatura: ¿Hay algún espacio en su plan de clases para combatir la tristeza y la desesperanza de sus estudiantes? ¿Hay momentos de su clase dedicados a sembrar semillas de felicidad? ¿Sus estudiantes están seguros de que usted se interesa por ellos, por su humanidad y éxito escolar? ¿Su propuesta curricular tiene como propósito que los estudiantes ganen su materia, ganen el año escolar o ganen su vida?
Niñas como Jesica tienen derecho a ser felices y los maestros tenemos allí una bella tarea para cumplir a pesar de tantos factores adversos. La misión del maestro no está por fuera de las aulas de la vida; todo lo contrario, es en esta donde recobra todo sentido y logra toda su trascendencia.


Una escuela al tamaño de los niños

Marzo 5, 2021

A un año de la coyuntura histórica que nos ha correspondido vivir, en medio del confinamiento, el miedo, la crisis, la angustia y la desesperanza, pienso que lo más inteligente y práctico en este momento es irnos acondicionando para una nueva forma de vivir y de ser. Esta pandemia ha generado metamorfosis estructurales en todos los campos y dimensiones de la vida humana. La educación y la escuela no han sido la excepción, y estarían entre los sectores más afectados.
 Me he estado preguntando por el porqué de la organización de la escuela, el porqué del currículo, el porqué de su sentido; en fin, es como una búsqueda desesperada por encontrar de dónde han salido los diseños y dónde se han originado las dinámicas escolares que hoy necesitan profundas transformaciones. Y he encontrado en la reflexión que no ha sido precisamente en los niños. Esta aparente y controvertida respuesta no la he asimilado con facilidad, pero la comparto plenamente. Nuestra escuela ha sido pensada a la medida de todos, menos de los niños.
 El alto gobierno, hacedor de la política educativa, la ha pensado a la medida de sus indicadores macroeconómicos de desarrollo y del tamaño de sus necesidades de posicionamiento internacional. Los sindicatos la han pensado al servicio del bienestar y bien ser de los educadores, cosa que no está mal, solo que deja de lado al sujeto misional: los niños. Los padres, en medio de su poca o mínima participación, la han diseñado a la medida de sus costumbres, creencias y tradiciones. Y qué decir de las comunidades que regentan organizaciones escolares, pues sus doctrinas, sus filosofías y sus apuestas conceptuales determinan el tamaño de la escuela.
 Creo que estamos ante un momento excepcional para que, por primera vez en la historia de la humanidad, pensemos una escuela al tamaño de los niños. Y esta tarea tiene que ser gestada desde el seno mismo de la estructura de la escuela, con el maestro como su principal obrero y con un rector como director de la obra, quienes celosa y fielmente indagan en los rostros de sus estudiantes los finos trazos del nuevo diseño escolar.
 Ha sido histórico que las dinámicas de la escuela se queden suspendidas en medio del pulso institucional entre el alto gobierno y el sindicato de maestros. Varias décadas han sido testigos de este fenómeno. Ahora mismo el alto gobierno ordena el regreso a la escuela bajo el modelo de la alternancia, mientras que el sindicato la prohíbe y la condena.
Hace algún tiempo fue la jornada única: mientras el alto gobierno la impulsaba e imponía, el sindicato la rechazaba categóricamente. Y así podríamos retroceder décadas para validar estas perversas dinámicas que han perjudicado la esencia misional de la educación: los niños. Debo decir que ambos tienen razón desde la defensa de sus propios y más caros intereses; pero sus determinaciones no han estado afincadas en la defensa a ultranza del derecho a la educación de los niños, tal como debería dictar su compromiso misional.
 Finalmente, lo más grave es que las escuelas y los maestros nos hemos quedado impávidos a la espera de quién gana el pulso y no emerge de la escuela, como cuna de la pedagogía, una propuesta autónoma ni un proyecto alternativo generador de esperanza. Esa es precisamente mi invitación. Aprovechemos estos tiempos para construir, desde la escuela y nuestro sentir de maestros, algunos proyectos pedagógicos que respondan pertinentemente a las necesidades, las expectativas, los sueños y las ilusiones de nuestros niños. ¡Solo un verdadero maestro es capaz de construir una escuela al tamaño de los niños!


¡De regreso a la escuela!

Marzo 19, 2021

Colombia es un país de polarizaciones. Lo que sucede desde hace tiempo en el escenario político también se da en otros sectores de la vida nacional. Me refiero específicamente al caso de la educación. En el artículo anterior comentaba que la escuela, los niños, los maestros y los padres de familia quedamos en la mitad del debate entre el Ministerio de Educación Nacional y Fecode: los primeros impetrando la alternancia bajo condiciones de inviabilidad, sin recursos, sin internet, sin aseadoras y sin organización métrica necesaria de los espacios, mientras que los segundos, en oposición absoluta, exigiendo unas condiciones que ni en la presente década sería posible cumplir. Pero lo más grave es que estos actores pareciera que no tuvieran la más mínima preocupación y afán por los niños, que con urgencia inaplazable necesitan retornar a la escuela.
Debo advertir que no comparto ninguna de las dos posiciones. La del Ministerio raya con la irresponsabilidad. En términos de política educativa, definitivamente en este país solo importan los indicadores, las cifras, las coberturas y las matrices; poco importan los niños, sus condiciones, necesidades y oportunidades, ni mucho menos sus angustias y tristezas. Pero tampoco estoy de acuerdo con la posición de Fecode, porque con ella se cierra la más mínima posibilidad de que los niños de las escuelas públicas de Colombia tengan al menos la esperanza de regresar este año.
Pienso que este momento histórico de la humanidad reclama la grandeza de los maestros y sus directivos. Estoy convencido de que nuestra vocación y la pasión por lo que hacemos nos permitirá estar por encima de nuestros dirigentes gubernamentales y sindicales, pues de cara a los niños ambos están equivocados. Invito a todos los maestros y a todas las escuelas para que generemos propuestas alternativas pertinentes que respeten el derecho de los profesores a cuidarse cuando se encuentran en condiciones de riesgo, pero que a la vez posibiliten el regreso de los niños a la escuela que tanta falta les está haciendo para intervenir las situaciones adversas que colateralmente ha producido la ausencia escolar.
El mundo entero está alerta y hoy clama por el pronto retorno a las aulas como un asunto de interés público de primerísima necesidad. No en vano diferentes organismos nacionales e internacionales se han pronunciado al respecto manifestando enfáticamente que si hacemos un retorno progresivo, responsable, tranquilo y amigable, son mayores los riesgos que corren los niños por fuera de la escuela que la posibilidad de contagiarse. Este argumento podría ser válido. Yo no lo discuto, pero tampoco lo comparto, sencillamente porque la escuela y los maestros no somos los responsables de la seguridad y del cuidado de los niños en tiempos extraescolares.
“La escuela no es una guardería de niños”, la escuela es un laboratorio de aprendizajes. Aquí está mi principal preocupación: los niños están asumiendo un altísimo riesgo de no aprender. Los maestros y la escuela tenemos un gran compromiso con los aprendizajes de los niños. Por eso, no podemos permitirnos regresar a épocas oscuras de la historia nacional cuando asistir a la escuela era un privilegio de clase social.
En los preludios del siglo XX, en medio de las guerras civiles, el índice de analfabetismo era del 86 %. La educación era un privilegio y solo asistían los hijos de algunas familias que podían atender los requerimientos de un sistema excluyente y perverso que negaba de facto cualquier posibilidad de promoción humana para los pobres de Colombia. Me preocupa inmensamente que hoy solo estén asistiendo a la escuela los niños de colegios privados, mientras los niños de las escuelas públicas continúan a la espera.
Volver a la escuela es un asunto de sensibilidad humana. Volver a la escuela es un tema de gran sensibilidad nacional. Volver a la escuela es un compromiso con las clases populares y con los hijos del pueblo. Volver a la escuela es una tarea pendiente con los niños de Colombia. Volver a la escuela es un imperativo moral para todo buen maestro.
¡Vamos a la escuela sin demora! ¡Vamos pues!


¡Rector, se están colando!

Abril 9, 2021

Hasta que por fin un grupo de calificados maestros escucharon y atendieron el clamor de padres de familia y estudiantes para que les abrieran la escuela. Luego de más de un año de un ausentismo absoluto que si bien es cierto ha favorecido parcialmente la salud física de estudiantes y maestros, no es menos cierto que ha dejado saldos absolutamente negativos y perjudiciales en el bienestar psicológico y emocional de unos y otros.
Los estudiantes de una escuela pública están siendo convocados por sus maestros a jornadas presenciales. Como expertos en temas de pedagogía y formación, estos diseñaron una estrategia denominada “focos de interés”; se trata de agrupar a los estudiantes por características afines o intereses comunes, saliéndose de la vieja organización de grados, grupos, jornadas o materias: el mismo diseño escolar que lleva ya varias décadas de fracaso y que ahora ha quedado absolutamente depreciado.
Esta escuela ha sido absolutamente responsable con la calidad de sus decisiones que han sido colegiadas por su gobierno escolar; brinda total protección a los profes que no se encuentran en condiciones de hacer frente a la presencialidad; acata con rigor las exigencias en materia de bioseguridad y fomenta en sus profesores el diseño y la planeación de los diversos focos de interés que ameriten convocar a sus estudiantes. Los mismos profes son quienes convocan y suya es la decisión de a quiénes convocar. Las temáticas abordadas son ciento por ciento de su competencia y con total autonomía definen los tiempos de los encuentros, las frecuencias y las intensidades. Este ejercicio lleva tres semanas de aplicación bajo el esquema de pilotajes: pruebas de ensayo que son monitoreadas, evaluadas y rediseñadas si es necesario.
Quiero resaltar este ejercicio, ya que se enmarca en el uso responsable de la autonomía. Esta escuela ha decidido regresar, pero antes se ha preguntado: ¿para qué volver?, ¿quiénes deben volver? y ¿cuándo es prudente volver? Y la respuesta responsable a estos interrogantes ha sido la clave para darle sentido y pertinencia al quehacer escolar; encontrar las respuestas implica caminar en la misma dirección y en el mismo sentido de la vocación. Sin duda alguna, la principal tarea que tiene pendiente la educación en Colombia es: ¿para qué educar?
En todos los niveles de la educación existe un alto porcentaje de profesionales que no quieren desempeñarse en su área de formación; la deserción en la educación superior es cercana al 50 %; las tasas de desempleo de la inmensa mayoría de carreras y profesiones son insoportables; bastantes estudiantes que cursan programas de bachillerato pedagógico en las escuelas normales del país no quieren ser maestros; las tasas de reprobación en la educación media por pérdida de materias que nada tienen que ver con intereses vocacionales son altas; en fin, muchos son los hechos y las realidades que dan cuenta del colapso de la educación en Colombia atribuible a la carencia absoluta de definir políticas en materia de pertinencia y de vocación escolar.
Pero veamos algunos hallazgos interesantes del pilotaje comentado y que por su connotación me parece significativo evidenciar en este espacio: los profes que no están en condiciones de asumir el trabajo presencial han apoyado las tareas virtuales de aquellos maestros que están en la escuela atendiendo los encuentros presenciales. Ellos mismos han adoptado el trabajo colaborativo y solidario como una manera de equilibrar cargas laborales y facilitar el encuentro de un mismo propósito. Han desaparecido los miedos y los temores, y la responsabilidad en la organización de los tiempos, los espacios, los procedimientos y las metodologías ha garantizado la tranquilidad de maestros, estudiantes y padres de familia. Incluso se han escuchado expresiones tales como: “Me contagio más fácil yendo a la tienda”.
Como el aforo definido es de solo el 10 % de la capacidad total, esto obliga a que por cada foco de interés se citen máximo diez estudiantes. Cierto día el profe buscó angustiado al rector y le dijo: “¡Rector, se están colando!”. Esto nadie esperaba: varios chicos que no habían sido citados trataron de colarse, no querían perderse la escuela, como si se tratara del mejor de los conciertos o de una final de fútbol muy esperada. Creo sin temor que esta experiencia es un minúsculo presagio de lo que pasaría en nuestro país cuando construyamos una escuela al tamaño de los niños.


Songo le dio a Borondongo

Abril 23, 2021

En la sabiduría popular, cuando nadie quiere hacerse responsable de algo, cuando una acción regularmente punitiva no tiene doliente (porque a las positivas les sobran autorías), se acuña irónicamente la expresión que titula este artículo. Y creo que hace una magnífica representación de lo que sucede en la educación de la ciudad en los últimos tiempos, específicamente con la asignación de los maestros a las diferentes instituciones educativas.
 Durante el año 2020 hasta hoy, se han presentado vacantes en casi todas (por no decir todas) las instituciones, pero su cubrimiento ha tardado meses y no pocos: dos, tres y hasta quince y más. Retrocedimos tres décadas y regresamos a los tiempos aciagos anteriores a 1993, cuando en los diversos pueblos de la geografía nacional los maestros eran recibidos con papayera, chirimía y pitos de sirena, ya que era todo un acontecimiento excepcional, mas no el cumplimiento regular de una obligación estatal. En aquellos tiempos, los maestros mantenían sus sueldos atrasados, las nóminas desfinanciadas y las prestaciones embolatadas. De hecho, se acuñaba un dicho popular que rezaba: “más perdidas que las cesantías de un maestro”. Y todo porque no existía una norma que obligara a la nación a regular la financiación de la educación pública.
 Entonces el sueldo de los maestros dependía de las rentas locales, las mismas que tenían en los borrachitos las esperanzas salariales de los profesores. Llegó la Ley 60 de 1993 que, al tenor del artículo 356 de la Constitución Política de Colombia, definió el situado fiscal para garantizarles a las entidades territoriales la participación en los ingresos corrientes de la nación y cubrir los gastos en educación, salud, saneamiento básico y agua potable. Para desgracia de la educación colombiana, dicha norma fue modificada sustancialmente por la Ley 715 de 2001 que, a pesar de garantizar la financiación de la educación, ha sido perversa en la implementación de medidas econométricas que laceran de fondo la misión pedagógica de la escuela.
 Es necesario reconocer que estos dos actos legislativos mencionados han resultado saludables para la financiación de la educación, han contribuido a la estabilización de los gastos para el sector educativo y han solucionado significativamente los asuntos salariales y prestacionales de los maestros de Colombia. Y por eso no comprendo el porqué de las vacancias tan prolongadas de maestros en instituciones públicas de la ciudad. Son innumerables los días de estudio que han perdido nuestros niños, con la consecuente afectación que ello trae en los procesos de aprendizaje. Son muchos los maestros que hemos dejado de contratar, perdiendo una gran oportunidad para combatir las altas tasas de desempleo. Y por supuesto, son muchos los millones de pesos que hemos desaprovechado del Sistema General de Participaciones que, dicho sea de paso, no se ahorran; por el contrario, se pierden y desaprovechan, porque no son recursos propios que puedan hacer parte de los saldos favorables del balance. Habría sido muy pertinente la inyección de estos recursos para la reactivación de la economía local.
 La Secretaría de Educación dice que es responsabilidad del Ministerio de Educación Nacional, mientras que este indica que la administración de la planta docente es competencia autónoma de las entidades territoriales. Y en medio de estas vacilaciones quedan los niños: sin escuela, sin profesores, sin esperanza, esperando largos meses a que llegue su maestro.
Como en aquellos peores tiempos, me duele profundamente esta situación. Pero más me duele la indiferencia de quienes, con impávida indiferencia, renunciamos a proteger los tiempos de estudio de los niños, como lo exige nuestro deber. Ojalá que pronto aparezca el Abambelé de aquella memorable página musical y que cese ya esta horrible noche.