El Maestro Opina

¡AY PAÍS, PAÍS, PAÍS!

Gran parte de la auténtica historia de Colombia está oculta en la caja negra de esta sociedad y es nuestro deber rescatarla para escuchar sus lamentos. Todo inició cuando Cristóbal Colón decidió viajar a estas tierras haciéndose acompañar de un ejército de forajidos que saquearon, robaron, violaron y asesinaron a los aborígenes. Después de trescientos años de sometimiento al yugo español se dio un punto de quiebre y fue Simón Bolívar quien arrebató los territorios a los chapetones y, de paso, le mostró a la burguesía nativa dónde estaba el tesoro escondido.

Nada ha cambiado. La clase trabajadora siempre fue sometida a una persecución implacable de un puñado de hombres que se perpetuaron en el poder y han escogido jugar con las cartas marcadas para imponer su régimen. La línea del tiempo ha estado trazada por una élite que le ha arrancado la riqueza natural a nuestra madre tierra y ha dejado a su paso miseria, desolación y muerte. Siempre cuenta con la versión actualizada del capitán pirata quien, desde su escondite, da lecciones de moralidad sentado sobre el tesoro robado.

La estrategia es la misma: a través del discurso político, con mentiras disfrazadas de verdades, se exacerba el nacionalismo radical, se polariza al país y se termina creando fanatismo. Esta práctica retorcida de gobernar solo en función de sus propios intereses es la médula que recorre la columna vertebral de casi todos los políticos, y por eso se dan el lujo de comprar todo aquello que les hace sombra. Al hombre que se vende se le hace muy difícil actuar con completa libertad cuando con las dádivas recibidas compromete su propia independencia.

Como el liderazgo de los gobiernos de turno no está consolidado sobre el amor, la solidaridad, la fe y la esperanza, los humildes son despreciados, los bondadosos son ridiculizados, los íntegros son repudiados, los inocentes son lavados en su conciencia y los malvados son justificados. Infortunadamente el pueblo se ha vuelto indolente y termina admirando a una persona por la fortuna que amasa, mas no por la honestidad con que la logra o por la generosidad con que la comparta. Es tal la degradación de nuestra sociedad que aceptamos que se asesinen a personas inocentes. Nada nos conmueve, nada nos impacta. Colombia se parece a la Antigua Roma: nuestro país se desmorona y todos queremos ir al coliseo.

El actual gobierno, hijo menor de esta dinastía, no podría ser la excepción. Desde que asumió el poder, ha generado un estado de no gobernabilidad. Además, se la jugó por la amistad por encima de los méritos para seleccionar a su gabinete, y haciendo uso de un discurso cargado de excusas, mentiras y explicaciones que no superan la retórica, le hace el quite a la democracia.

Como era de esperarse, las estadísticas no lo favorecen. Hoy tenemos un país donde hay intimidación, corrupción y fraude electoral; un país que censura a la prensa, con un inédito fenómeno de asesinato a líderes sociales y unas cifras de desempleo que tocan techo; un país donde el campo se encuentra en una guerra sin cuartel entre los grupos ilegales que se pelean el dominio de los territorios y donde el Estado brilla por su ausencia. Los desplazamientos masivos de los humildes labriegos completan el panorama desolador.

Por fortuna hasta ahora no hemos tocado fondo como en otras naciones que no supieron cómo tomar el atajo. La historia de la civilización no se mueve en una sola dirección y el universo en su sabiduría se ha encargado de poner a los opresores en su justo lugar: en el basurero del olvido. Estas dos verdades alimentan la esperanza de tener en el futuro, ojalá cercano, a unos líderes que estructuren una verdadera democracia.          

ORLANDO SALGADO RAMÍREZDOCENTE