El Maestro Opina

¿CÓMO SERÁ LA ESCUELA DEL FUTURO?

El sistema educativo colombiano continúa atado a una visión operativa, que actualmente es el único termómetro que hay para medir la eficiencia de este servicio. La calidad se somete solo al cumplimiento de metas de cobertura y a los puntajes de las pruebas internacionales, y la mejora en los perfiles académicos y profesionales poco interesan. Hay demasiada confusión para dar apertura a la virtualidad, a la inteligencia artificial, a la neurociencia y al Big Data en las instituciones educativas, y en este laberinto, los directivos carecen de herramientas para ejercer un verdadero liderazgo académico y formativo. Asimismo, el docente se resiste a reestructurar su agenda de aula con el fin de priorizar las necesidades y expectativas de los jóvenes de hoy.

La humanidad reclama una escuela dinámica y cambiante como parte integral de una red universal gracias a Internet, que se ha convertido en la principal fuente de saber. Es un hecho innegable que las tecnologías de la información y los dispositivos móviles han ido rompiendo las barreras de idiomas, temáticas y formatos, y estas transformaciones ameritan un currículo personalizado y pragmático, alimentado por las diversas fuentes del conocimiento, con aprendizajes colaborativos entre docentes y estudiantes, mediados por la interacción permanente con las comunidades académicas.

Sin embargo, con el uso desbordado de las técnicas de la información y la comunicación se corren grandes riesgos. La metamorfosis que hoy vivimos los humanos gracias al desarrollo del mundo digital puede llevarnos al fracaso si la escuela no se hace responsable. El prestigioso periódico estadounidense The New York Times publicó en marzo de 2019 un artículo de la periodista Nellie Bowles, en el que se hacen varias afirmaciones inquietantes. Primera: “Conforme aparecen más pantallas en las vidas de las personas pobres, éstas están desapareciendo de las vidas de los ricos. Cuanto más adinerado eres, más gastas para no tener pantallas cerca de ti”. Y segunda: “Las empresas tecnológicas se esforzaron mucho para que las escuelas públicas adoptaran programas que exigieran una laptop por estudiante, con el argumento de que los prepararía más para su futuro basado en las pantallas. Pero así no es como la gente que construye ese futuro basado en este cristal líquido está criando a sus propios hijos”.

La élite de los Estados Unidos y los grandes cerebros del Silicon Valley están mirando nuevamente hacia atrás: sus hijos retornan a la escuela tradicional y los dispositivos electrónicos están siendo retirados de sus manos; ellos mismos vuelven al supermercado, al consultorio médico, al restaurante y al banco; renuncian a las compras online, a la asistencia remota y al servicio a domicilio. Lo que valoran las élites es el trato humano de calidad en un consultorio, en un hospital, en la escuela y en el supermercado. Estas prácticas se han convertido en un símbolo de estatus social diferencial en el país norteamericano.

En esta dirección, algunas instituciones educativas prometen volver a lo básico rediseñando los programas a partir de la educación clásica y eliminando todo rastro de tecnología digital. La idea es evitar la adicción y que los niños crezcan sin dedicar tiempo a los aparatos electrónicos y mejorar las relaciones interpersonales.

En este escenario la sensatez de la escuela se pone a prueba. Cuando los estudios dicen que por primera vez estamos frente a una generación de niños cuyo coeficiente intelectual es menor al de sus padres debido al abuso de dispositivos electrónicos, el reto es evitar el colapso de la vida orgánica apoyada en el carbón, sin renunciar a la tecnología y haciendo uso mesurado de estos dispositivos. De lo contrario, estaremos cediendo terreno a otras formas de existencia: seres extraños construidos de metal, chips y transistores dotados de autonomía para dominar el mundo.

ORLANDO SALGADO RAMÍREZ

DOCENTE